ombus gay

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miércoles, 28 de marzo de 2012

PANEGÍRICO A DANIEL ZAMUDIO

Finalmente, el día de hoy, 27 de marzo de 2012, ocurrió el cierre abrupto de una historia cuyo final intuíamos, aunque desesperadamente nos aferrábamos a que, por una vez en la vida, la improbable justicia pondría las cosas en su lugar. Hoy, a los 24 años de edad, murió Daniel Zamudio, en Chile, muy lejos de nosotros en México, pero muy cerca también de los reclamos de igualdad, seguridad y reconocimiento que hemos venido formulando desde hace mucho tiempo en la región latinoamericana.
A Daniel le ocurrió lo que a Matthew Shepard en Wyoming y a Agnes Torres en Puebla: fueron víctimas de crímenes de odio, motivados no por las personas concretas que ellos y ellas fueron, sino por la percepción socialmente legitimada de que la diferencia, la disidencia, la coherencia entre la vida y la expresión del afecto, tienen que ser penalizadas.
Daniel fue un chico que tuvo la mala suerte de haber nacido en un tiempo y un espacio que son hostiles a la expresión de la orientación sexual y la identidad de género no convencionales, que sólo tendrían que importar a quienes él quiso incluir en su círculo de afectos más cercano; pero que resultan motivo suficiente –nunca justificación ni legitimación– para que otros chicos de similar edad se armen del valor inconsciente para arrebatarle la vida a alguien que ni siquiera conocían, a quien nunca se dieron el tiempo de conocer o siquiera aceptar su proximidad. Porque lo que Daniel representaba a su corta edad, y no porque él lo haya elegido, les resultó motivo suficiente para arrebatarle la vida.
En una de sus películas más hermosas, Los imperdonables, Clint Eastwood puso en boca de uno de sus personajes la sentencia más contundente acerca del sinsentido de la muerte: “Matar a alguien es quitarle todo lo que había tenido hasta el momento en que el asesino lo encontró, y también arrebatarle todo lo que iba a tener en el futuro”. Por supuesto, la magnitud del futuro de una persona asesinada no puede calcularse ni tasarse en bienes materiales o momentos de plenitud, para siquiera imaginar alguna forma de reparación. Pero lo que los asesinos de Daniel le arrebataron fue un futuro que podemos suponer pleno, brillante, lleno de momentos de duda, pero también de estrategias imaginativas y procesos de crecimiento que pondrían las cosas en su lugar: el amor, el desamor, el odio, la indiferencia, la discriminación, la comunión con otros y otras, la generación de vínculos solidarios para paliar el desasosiego que resulta de percatarnos de que –ni de lejos– vivimos en el mejor de los mundos posible. Y todos esos son facetas de la vida que le fueron arrebatadas de tajo a Daniel, por una arbitrariedad del destino, con cuatro manos ejecutoras de la violencia que destruyó su cuerpo, pero que son también las extremidades de generaciones enteras que han decidido que las personas más jóvenes no tienen derecho a decidir por ellas mismas el sentido de sus afectos, que deberían comportarse de una manera que no resulte molesta, que no cuestione la cohesión social que hemos logrado a base de estigmas y prejuicios discriminatorios.
Entonces, ¿cómo encontrar ya no sentido, sino al menos explicar la muerte de un chico chileno de 24 años que no debió morir, al menos no en medio del miedo y la incertidumbre que resulta de encontrarse de frente con el horror del odio feroz, sin rostro conocido? Seguramente, al momento de la agresión, Daniel repasó sus días y horas previos, tratando de buscar algún acto o dicho que le hubiera acarreado el odio de sus verdugos. Pero no tuvo tiempo, porque él no hizo nada para merecer una muerte tan cruel, nada para sumirse en el tiempo vacío de la muerte que a todos nos va a ocurrir, pero que en su caso deja una estela de dolor y tristeza inasimilable al carácter orgánico y vital de los días que a la mayoría de nosotros nos toca experimentar con indiferencia. Porque para las personas de la diversidad sexual, la vida monótona, libre de violencia o incertidumbre, se ha vuelto un lujo, una comodidad que no se nos permite. Siempre estamos vigilando nuestros pasos, afinando el sentido del oído para detectar la amenaza del paso acelerado persiguiéndonos o aguzando la mirada para detectar el incipiente odio que nace en el rabillo del ojo de quien se percata de que abrazamos o dedicamos una mirada de afecto a alguien que es de nuestro mismo sexo.
El día de hoy muchos y muchas despertamos para seguir el estado de salud de Daniel, y aunque suponíamos que la muerte le llegaría por el estado maltrecho en que sus agresores le dejaron, teníamos la esperanza de que el milagro podría ocurrir. Y cuando nos referimos al milagro, por supuesto pensábamos en una recuperación improbable, pero también en que la improbable justicia ocurriera para castigar a los verdugos; en que este hecho leído en los periódicos desalentara a cualquier otra persona con pensamientos homófobos de concretarlos en la forma de violencia sobre alguien; en que la violencia sobre Daniel alertara a autoridades y profesores en los centros educativos para no permitir un chiste homófobo más, para desalentar el acoso escolar sobre quienes son percibidos como débiles y diferentes; para alertar a los padres de los chicos con tendencias homófobas para que les compartieran que el amor es tan precioso e improbable, que cuando ocurre entre dos personas merece el más absoluto de los respetos.
Escribió Michael Cunningham en Las horas, a propósito de la pregunta que Virginia Woolf se hizo sobre si debía o no matar a la protagonista de su novela, que “los personajes tienen que morir para que el resto de los implicados en la trama se percaten del valor de la vida”. Aquí, la redención que pide Cunningham para la muerte es literaria: que mueran los personajes ficticios para que los lectores valoremos la vida. Pero, ¿qué se hace con los muertos reales, con aquellos que conocemos y nos duelen, pero también con los que no conocemos pero nos duelen del mismo modo porque nos imaginamos perfectamente en sus zapatos el día que se encontraron con la muerte violenta?
Lo que nos queda a los que sobrevivimos al día de la muerte de Daniel es preguntarnos una y otra vez sobre los mecanismos de indiferencia social y discriminación naturalizada que hicieron aparecer a este chico como la víctima propiciatoria a los ojos de unos perfectos desconocidos. Preguntarnos por qué penalizamos el amor y el deseo sobre personas y cuerpos que a las y los heterosexuales no les representan la angustia normal de preguntarse si habrá reciprocidad, si la relación será pasajera o la definitiva, si habrán de acoplarse dos mundos para producir uno completamente diferente, de cariño, respeto y solidaridad. Cuestionarnos cómo es que el odio y la homofobia construidas desde la milenaria cultura patriarcal y misógina, se incorporan en las mentes de muchachos que, suponemos, también quieren hacerse viejos y experimentar el amor y el desamor en carne propia. Por qué ellos se volvieron verdugos, cómo es que asimilan la imaginación de un cuerpo lastimado y destrozado a sus actos diarios en la escuela, con los amigos y los padres. Hacer una y otra vez la misma pregunta: ¿por qué Daniel Zamudio tuvo que morir, como Matthew Shepard, Agnes Torres y tantos otros y otras? Necesitamos también hacer un ejercicio de imaginación moral y tratar de ponernos, sólo por un momento y con respeto, en los zapatos de sus padres, amigos y amores para tributarles nuestra absoluta solidaridad por una pérdida irreparable; hacerles sentir que no están solos, aunque la muerte de Daniel y los demás los haga saber que, de hecho, lo están.
No obstante, también requerimos aferrarnos a la idea de que la justicia puede existir en este mundo, de que el silencio que deja toda muerte en el espacio que colmó de vida quien ya no está, puede ser ocupado por la certeza de que una muerte no fue en vano. Todas estas preguntas y formas de conjugar los verbos respetar, acompañar y abrazar de manera simultánea configuran el deber de la memoria hacia quienes murieron de forma arbitraria y en un contexto de vulnerabilidad que les arrebató la vida, porque antes ya les había arrebatado el rostro y la sensación de caminar por el mundo sin miedo y olvidándose de que hay formas de morir que podrían concretarse sobre ellos de manera arbitraria. Se trata, por supuesto, de hacer compañía y ejercer el derecho a la memoria de manera creativa en el caso de Daniel, pero también de hacer justicia. Por eso, desde la distancia y a propósito de la muerte de este chico chileno, nos resuena lo que escribió Jaime Sabines tratando de hacer compañía y justicia a los muertos de nuestro Tlatelolco 68: “La sangre echa raíces y crece como un árbol en el tiempo”; por eso también nos vuelve a doler lo que escribió Rosario Castellanos sobre el mismo episodio: “Recuerdo, recordamos. Ésta es nuestra manera de ayudar a que amanezca sobre tantas conciencias mancilladas”.
Cada muerte es particular y deja un dolor y un vacío que es irreductible a otras formas de morir. No obstante, Sabines y Castellanos capturaron perfectamente el deber de la justicia anamnética: no se puede lavar la sangre porque ésta se filtra hasta manchar los fundamentos del sistema democrático cuando fue derramada de manera arbitraria; no se puede sino recordar y tratar de aprehender los actos particulares de violencia, no para reducirlos a experiencias inefables e incomunicables, sino para gritar en el espacio público las preguntas y la indignación que nos generan. Sólo asumiendo con humildad y valor esta tarea de hacer compañía y hacer justicia, podremos no sentir tanta vergüenza por haber permitido la muerte de Daniel Zamudio y otros chicos y chicas que no tenían que ser convertidos en mártires por nuestra irresponsabilidad, nuestra indiferencia, nuestro odio ciego hacia las orientaciones sexuales e identidades de género no convencionales, disidentes del patrón heteronormativo.
Quisiéramos, como Pedro Lemebel, que la revolución hiciera justicia a todos esos niños y niñas que nacen como si estuvieran fracturados por el hecho de ser diferentes en un mundo que se rige por la ortopedia y anula la empatía. Quisiéramos llenar, por el momento, el vacío en que nos sume la muerte de Daniel Zamudio con las palabras de este escritor chileno, tan duro y tierno al momento de entender los mecanismos del odio hacia la población LGBTQI:
Que la revolución no se pudra del todo
A usted le doy este mensaje
(Y no es por mí
Yo estoy viejo
Y su utopía es para las generaciones futuras):
Hay tantos niños que van a nacer
Con una alita rota
Y yo quiero que vuelen, compañero
Que su revolución
Les dé un pedazo de cielo rojo
Para que puedan volar.
México, Distrito Federal, a 27 de marzo de 2012.
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